“Para ustedes que no son tantos, ni probablemente
entiendan, pero que saben más de lo que creen”
Lentamente abrí ambos parpados para
dejar entrar en mí los tan anhelados rayos de sol que buscaba. Al igual que la
ilusión del agua que resulto ser vinagre para aquel mártir mitológico, me sentí
desesperado, asustado, pero más que todo perdido en la oscuridad que todo
engulle y nada regurgita. Sentí que mi cabeza daba vueltas. Poco a poco recordé
aquel sentimiento amargo que únicamente la soledad de una existencia banal
procura. Recordé aquellas personas que se hicieron participes de moldear mi
carácter y mi fe en la humanidad, recordé además, aquellos otros que como
piedras en el camino trazaron el sendero de mi destino. Incluso llegaron a mi
pensamiento memorables historias, que, como la mía, debieron ser contadas
alguna vez, y que ahora quedan para siempre en las páginas de un libro. No
obstante, no hallaba en aquel lugar ni mi propio pozo y péndulo, ni mis
gigantes “molinescos”, ni siquiera incluso un dios del mar al cual atribuir mis
desgracias y contra el que luchar para llegar a casa.
Pasé mi lengua alrededor de mi seca y
curtida boca. El dolor de la saliva entrando en las llagas que la vida me había
deparado me recordó nuevamente lo lamentable de mi situación. Habrían pasado
días, quizá un par de semanas, desde que el recio azar cerrara para mí la
puerta de la vida, condenándome con las cartas de la inevitable muerte. Empero,
intentaba razonar, de una manera más audaz que en un principio. Admito, que
sentí perder el juicio. Tras pasar lo que para mí fue una eternidad buscando la
salida de mi sepulcral tumba, ahora me perdía constantemente en pensamientos
que produjeran júbilo a mi alma desconsolada, o al menos así quería pensar.
Recurrí inicialmente a técnicas de investigación básicas para no perder la poca
cordura que me quedaba. Después de muchos cálculos, pude estimar las
características básicas de este panteón demencial. Las paredes parecen hechas
de gabro, tan firme como la conclusión de mi historia, y el techo parece no
existir, pues aunque admito creo no haber escalado lo suficiente, lo hice hasta
donde mis uñas, y luego mis dedos carnosos dieron de sí. El largo y ancho del
sitio cambia constantemente, o al menos así lo percibo, pues aunque cueste
creerlo, sea por la oscuridad física o por las tinieblas del pensamiento,
llegar de un lado a otro puede tomarme días o segundos. Algunas veces,
despertaba aterrado debido a las reacciones de mi cerebro con respecto a las
sensaciones que en mi nariz penetraban. ¡Azufre!. Otras tantas, creía poder apreciar
olores dulces y limpios que provocaban grandes diapasones a mi espíritu y
accionaban un gesto que más que placidez, reflejaba tranquilidad.
No escuchaba otro sonido que el de la
soledad misma, conversando continuamente sobre temas pasados, sobre fracasos y
malas decisiones, cosas que debí y no debí hacer. Un ser muy negativo si me lo
preguntaran. Por esto empecé con mis prolongados soliloquios. Acepto que fue
entonces cuando pude comprender que el mejor acompañante del viaje al que
llamamos vida, somos nosotros mismos.
Llegué aquí como todos y cualquiera,
llegué buscando aquel cáliz ambicionado por todos… mi motivación: la felicidad.
Me perdí, como suele ocurrir, en la utopía mágica que solo la mente humana
logra recrear a la perfección. Busque incesantemente aquello que tanto
necesitaba para conseguir la satisfacción del buen vivir, pues aunque mucho lo
profesaba, el hedonismo vacío no llenaba mi alma supurante de heridas. Para
llegar a este lamentable final, recorrí múltiples caminos, escuché y di fe a
diferentes opiniones que tomé como mías y entendí como menesteres para el
correcto razonar. Seguí a ciertas personas aun sabiendo los peligrosos caminos
que por ellas debería tomar y creyendo por convicción que errar era de humanos.
Me aventuré a situaciones que un día consideré inimaginables, lo curioso es,
que es de lo que menos me arrepiento.
Dejo aquí un ente sin alma, pero me
satisface saber que pude crear una historia de la que me siento orgullosamente
arrepentido de todo y dichoso por eso. Espero que no tarde en llegar, la ansío
como solo los moribundos podemos codiciar. Quiero encontrar en ella la paz que
en vida se escapaba como arena en mis manos, aquella paz que es solo un
espejismo frágil y efímero que contenta al ignorante y frustra al arrogante.
Cuando llegue estrecharé su mano, pues como me enseñaron aquellos que lo hacen
por amor y no por deber, el respeto impera en sociedad.
No vale la pena gastar mis energías
en la inútil tarea de observar, por eso cierro mis parpados. Los movimientos
sobran, el firme gabro me abraza como un suave lecho invitándome a descansar.
Un reconfortante olor a casa llega a mi nariz y penetra en mi pensamiento
rememorando las tiernas caricias que solo mi primer morada pudo darme. Siento
una suave brisa que sopla levemente y refresca mi agitado ser invitándome a
descansar. ¿Qué pasa?, ¿Por qué demoras tanto?... La paciencia nunca fue mi
virtud, creo que bien nos definieron como animales de costumbre, te esperare
dormido, solo te pido me despiertes al llegar.
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