jueves, 17 de septiembre de 2015

Tú, mi maldición; Oda Allan Poética

Aquel siniestro día las gotas de sudor resbalaban por mi cara a chorros mientras exhalaba bocanadas de vaho que salían de mi jadeante boca en el frio del invierno. Al menos todo había terminado. Así pensaba. Acabé con la vida de Madame Lauren de una vez y por todas clavándole en múltiples ocasiones el cuchillo, con el que se descuartizaban los pollos, encima de su prominente y hermoso pecho, donde pensaba podría hallarse su corazón.

Madame Lauren era mi esbelta y agraciada esposa desde hacía casi dos años; dos insoportables años, cuando motivado por una obsesión enferma que Eros plantó en mi corazón le pedí su mano frente al Sena con una copa de vino en la mano y par más en nuestros juicios. Nos comprometimos poco tiempo después de acabada nuestra juventud, el cuerpo de mi futura esposa era en ese entonces tan hermoso y sublime como un atardecer, lleno de colores y sensaciones encantadoras. Lo más bello de su figura era definitivamente su cara. Sus suaves rasgos, su delgada nariz respingada, su tez lozana de la frente y los pómulos que fácilmente se ruborizaban, sus sensuales labios; gruesos y suculentos. Pero, lo que más resaltaba del rostro eran sus ojos. Mi adorada había nacido con una extraña anomalía que afecta a muy pocos seres llamada heterocromía. La anomalía consistía en una peculiar clase de mutación en la que el iris de los ojos resulta de diferentes colores, en su caso, su ojo izquierdo revelaba un azul claro: muy puro y profundo como el mar mismo. Por otra parte, el ojo derecho manifestaba un color rojo en el que brillaba como un rubí la pasión y la furia de su fuerte carácter.

El devenir de nuestra relación cambió gradualmente desde el primer año de casados. Las costumbres, hábitos y forma de ser de mi amada se convirtieron en agudos y profundos clavos que se cernieron sobre mi espíritu cual dama de hierro, agobiándolo y abrumando mi existencia.

Podrán pensar que estoy loco, pero en realidad estoy tan cuerdo como todos, aun mas, pienso que mi fuerte razonar me llevó a actuar como lo hice. Lo que más odiaba de Madame Lauren era algo que observaba y ocurría solamente en nuestro lecho. Llegada la noche, después de disfrutar de la cena y en múltiples ocasiones de expresar nuestro amor como pareja explotando en la lujuria de la carne, nos abrazaba con sus férreas manos el canto de Morfeo.

Nunca fui bueno para descansar. Mi agitado e insaciable espíritu me incitaba a continuar despierto incluso por horas. Para mi amada era diferente, cuando su cabeza se posaba en la suavidad de las plumas, se entregaba casi de manera inmediata a un sueño profundo del que despertaba solamente al salir el sol. Empero, aunque dormía, mantenía siempre abierto y vigilante su ojo derecho. ¡Aquel maldito ojo!, ¡Aquel endemoniado ojo rojo! Me escrutaba inamovible, me torturaba incesantemente con una mirada muerta pero impetuosa.

Parecía que mientras dormía, el ojo se separaba del apacible cuerpo de mi amada cuya silueta descansaba deiforme como si fuera la Venus de Urbino, hermosa, perfecta. Pero aquel ojo. Su iris me transportaba a las llamas del propio Hades, ¡Rojo!, enfermizo, quemando mi psiquis día tras día, alejándome siempre de mi anhelado descansar.
Pasado el tiempo, tanto mi alma como mi cuerpo empezaron a degradarse debido a la falta de sueño. Me envolvieron entonces desvariaciones del pensar en las que confundía mis sensaciones; los colores, olores, sabores, sonidos y hasta el tacto de las cosas sin importar lo puros, dulces, armónicos o suaves que fueran. Me confundían y enfadaban sin razón aparente. Me pareció además, que mi debilidad era proporcional al fulgor con que incesablemente brillaba el fuego de mi maldición. Cada noche, el ojo parecía más presuntuoso, incluso más vivo y aislado del resto del cuerpo de Mon Amour. Pronto concluí que de no actuar, la energía que el creador me había consagrado pasaría a ser parte de la incesante llama que atormentaba mis noches.

Una noche, guiado por mi malacostumbrado insomnio, me encontré bajando las escaleras que dan al sótano. En su interior, la penumbra de la oscuridad del recinto ahogaba totalmente la tenue luz de la luna, sin embargo, un resplandor sobrenatural llamaba a lo lejos mi atención. Me acerque con paso firme, como si la luz cada vez más intensa me llamara. Escuchaba en mi cabeza una grave voz, incomprensible, fuerte. Balbuceaba palabras extrañas y risoteaba con potentes sonidos que helaban mi sangre pero vigorizaban mi ánimo. Cuando estuve lo suficientemente cerca, me encontré cara a cara con el antiguo horno de cubilote. Aunque las largas noches confundían mi pensar, parecía recordar que aquel horno no recordaba que aquel horno hubiera funcionado alguna vez. Mi solución era clara.

Decidí entonces que aprovecharía la próxima festividad, cuando los criados estuvieran danzando y embriagándose, para cometer el terrible acto. Tarde en la noche, cuando el ruido de la fiesta estaba a tope y mi amada, o al menos ella sin contar con su endemoniado ojo rojo, dormía, saqué de debajo de mi almohada el cuchillo que a escondidas había guardado previamente. Luego, pidiendo perdón a los cielos, clave hasta el cansancio el cuchillo en el desnudo pecho de mi amada mientras con la otra mano tapaba su boca para ahogar los gritos de horror con los que despertó.

Lo primero que hice, y debo admitir me proporciono una inmensurable paz, fue cerrar asqueado y con odio sus parpados para dejar de ver aquel símbolo que representaba mi cruz, por la que tanto tiempo me convertí en mártir de mi destino. Procedí entonces a incinerar las sabanas ensangrentadas con las que sequé lo más que pude el lacerado cuerpo. Entre nuevamente en nuestra habitación matrimonial después de buscar una sierra y una manta. Me dispuse a descuartizar el cadáver, pero cuando me acerque, una tenue luz llamó mi atención… ¡Su ojo! Estaba abierto. Solamente su ojo derecho, pero estaba totalmente abierto. Lo cerré nuevamente presuroso, abatido por los tormentos incesables que en mi causaba.

Después de colocar el cuerpo sobre la manta separé las extremidades con la sierra recordando mis clases de anatomía básica y los libros de medicina leídos en mi juventud. Lo desmembré en menos de dos horas dejando por ultimo su cabeza. Antes de cortar el cuello, obligándome a mirar su cara lo volví a ver: Me miraba fijamente. Tenía la sensación de que me observaba mientras yo, inútilmente, intentaba acabar con él. -¡Maldito seas, eres el fuego del demonio de mi corazón, te alejare de mi para siempre!-.

Por última vez, invadido por una furia incontrolable, cerré el ojo y tiré la cabeza a la manta que había conseguido. Hábilmente envolví todo y baje las escaleras cargando en mi hombro los vestigios del amor que había aniquilado. Descendí hasta el sótano agotado por el peso de mis pecados, la música en el exterior y los gritos seguían confirmándome que todavía quedaba en mí una pizca de correcto razonar. Me acerque a la caldera y lancé los restos al fuego colocando la llama al máximo.

Por alguna extraña suerte del azar, o alguna maldición incomprensible por la limitada razón humana, quise mirar, aprovechando la rejilla de la caldera, lo que quedaba de mi amada. Al principio me costó acercarme. El calor de la espesa  gasolina mezclada con la viscosa sangre ardiendo me alejaba como una barrera invisible de la rejilla, sin embargo, algo en mi espíritu me empujaba más y más…

… Los horrores que vi en las llamas de la caldera son indescriptibles y me atormentaran hasta mi último día en este mundo. Sé que mi desesperado acto no logró nada. Lo sé porque mi vigor sigue desvaneciéndose. No he logrado separar la noche del día, vivo situaciones incomprensibles y actúo de acuerdo a complejos raciocinios que me llevan a extrañas conclusiones. Escribí mi historia, aprovechando efímeros lapsos de cordura, pues últimamente he sufrido de fiebres que me hacen delirar. Vivo en el infierno, cada vez que cierro los ojos, en mis sueños, él siempre está ahí. La única diferencia, es que ahora mi amada no yace a mi lado mientras él me observa, ¡Nunca más!



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